Eran las 19:37 horas del 22 de abril y Joaquín pisaba la sala de prensa de La Cartuja con un brillo especial en la mirada. El capitán del Real Betis atendió a los medios de comunicación casi al borde del llanto. Varias veces parecía que se iba a romper mientras fantaseaba con que sus sueños de volver a ser campeón con el club de sus amores se hicieran realidad.
28 horas más tarde, ya en la madrugada del domingo 24 de abril, Joaquín daba un primer paso para ganar marcando su penalti en la tanda. La gloria final sería para otro canterano como Juan Miranda pero el de El Puerto, que ya era leyenda antes de saltar al terreno de juego, dio un paso más hacia la inmortalidad en la memoria colectiva verdiblanca.
Casi a la 1 de la madrugada, Joaquín hacía todos sus sueños realidad y, con varios amagos previos, levantaba al cielo de Sevilla la segunda Copa del Rey de su carrera como bético, la tercera de su Betis. Antes casi gana la final con una galopada antológica y después se animó a dar unos capotazos como ya hiciera en el Calderón en 2005 ante una afición ambas veces entregada.
Ya escribió Pascual González, el compositor de sevillanadas recientemente fallecido, que "juega mi Betis al fútbol con ese duende que da la tierra". Dentro y fuera del campo, con su eterna sonrisa y su finta indetectable, tiene también Joaquín ese mismo duende porque Joaquín es el Betis, una de las treces barras para la eternidad. Ya sólo queda preguntarse si será el punto y final o seguido de una historia de amor irrepetible.
